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sábado, 19 de abril de 2014

Una reflexión sobre la Pascua

La Pascua, como ya ha sido expresado reiteradamente, es la fiesta central del cristianismo, pues Cristo, muerto y resucitado, es el centro de nuestra fe cristiana. Ninguna celebración cristiana es tan importante como la pascua de Jesucristo, el misterio de encarnación. La Pascua es manifestación de alegría, visible y contagiosa, que renace de un corazón renovado por el encuentro con el Señor Resucitado y el descubrimiento de su presencia cotidiana en los hermanos, aun en las circunstancias tan particulares de la historia que estamos viviendo. Cristo vive y sigue peregrinando con nosotros. La Pascua es un acto profundo de amor y preocupación de Dios por su pueblo.
¿Somos todos los cristianos conscientes de esto? ¿Lo aceptamos como verdad? O sólo es una fecha en la cual nos sentimos obligados a reunirnos en familia o ir a misa.
Celebrar la Pascua es conmemorar aquello acontecido en Nazaret: el triunfo de la vida sobre la muerte. La resurrección de Jesucristo no es sólo "un hecho religioso" que se produce en el interior de la intimidad y el silencio de cada uno de nosotros; sino que más bien transforma toda la vida de las personas; renueva a los hombres, a la creación. Nos enseña a vivir y a ver todo desde una perspectiva resucitada. Junto a Cristo, los cristianos debemos celebrar también nuestra propia Pascua, nuestra resurrección.


¿Qué implica vivir hoy como resucitados? ¿Cómo se puede celebrar la resurrección, de forma razonable, en un mundo donde estamos rodeados de violencia, hipocresía, consumismo, injusticias?
Creo que la Pascua nos invita a echar una nueva mirada a nuestro vivir cotidiano. A alzar nuevamente los brazos en la construcción de un mundo mejor y no dejarnos abatir. Pero nadie puede dar lo que no tiene, y es por eso que, la Pascua, nos compromete a que comencemos a modificar desde nosotros mismo, desde lo sencillo, desde lo cotidiano. Más desde el "ser" que desde el "deber ser". No desde la obligación, sino desde la conversión.

domingo, 6 de abril de 2014

¡Feliz pascua de resurrección!

¿Para que sirven los afanes de la vida?, ¿Porqué tanto sufrimiento?, ¿Dónde vamos cuando morimos?...
Todas estas y muchas más preguntas encuentran su respuesta en el gran misterio que celebramos los cristianos estos días: la resurrección. El Dios que se hace niño (Navidad) y el hombre-Dios que sufre hasta límites insospechados (Semana Santa) encuentran su clímax en la victoria sobre el pecado y la muerte.
Desde hace casi 2000 años, cuando un grupo de "locos" comenzaron (después de haberlo abandonado y esconderse...) a anunciar la resurrección de su maestro la historia cambia radicalmente. Aquello que es lo más precioso para cualquier persona (su propia vida) deja de ser un fin absoluto. A aquellos que fueron cobardes en la Pasión, ahora no les importa morir como su Señor. Uno que los perseguía (San Pablo), afirma que todo lo estima basura en comparación con esta buena noticia de la resurrección. El imperio poco a poco cede al empuje de este grupo que cada vez crece más y más, como un poco de levadura que fermenta toda la masa. La historia y la vida del hombre cobran sentido. El hombre no tiene como horizonte último la muerte, sino la esperanza de otra vida.

¿Invención de unos cuantos?, ¿No será esta idea el "opio del pueblo" (como decía Nietzsche) para tener una ilusión en esta vida?, ¿Cómo podemos demostrar que la resurrección es verdad?

No hay más pruebas que la fe, no hay más testimonios que los que entregaron su vida por esta causa (que no son pocos...) pero lo que sí podemos afirmar los que creemos en Cristo es que sin resurrección esta vida es indigna de ser vivida, sin esa Esperanza nada tiene sentido, sin Dios la ley del más fuerte es lo único que vale...

Por todo ello ¡Feliz Pascua a todos!